Sara Torres Rodríguez De Castro

miércoles 24 de agosto de 2011

Cuaderno.

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Se pretende trabajar en esta casa y todo acompaña: la gran mesa de la biblioteca, Valldemossa en las ventanas, la cuidada compañía pero, qué decir de la palabra atascada en la tirante mandíbula. La corteza seca del fruto que se pretende henchido y joven no deja tomar su jugo. El creerse en la palabra, trampa de adivinación de enseres perdidos.

Las dos que amaste (o creíste hacerlo) siendo tú diferentes personas, ahora coinciden en la misma sala enfrentándote a ti. A la luz de hoy, una se apaga, o las dos se encienden y tú te retiras en lánguida duda. Cómo se eligen y desechan los seres, en qué proceso de selección interna nos vemos sopesando para resultar otro mejor ahí fuera, o aquí dentro.

Ahora una abandona la mesa para liar un cigarro que desearías compartir. Vas tras ella aunque sabes, que preferiría seguir sola. Mientras estabais en el estudio fuisteis tres personas separadas, en distintos tiempos, cada una consigo.
Sales al balcón, adonde los limoneros, y al frente la cartuja con su torre azul y los turistas, un plural sin nombre, como murmullo de voces extranjeras. Te están mirando y entiendes, que te creen afortunada, moradora de esa casa, devolviendo la mirada ensombrecida mientras fumas.

Has jugado ese papel mientras paseaban por el frente empedrado, pero al volver el salón revela un rincón desconocido que asevera que no sabes, aún no conoces, no posees nada de lo allí dispuesto. Estás en esa situación, la de habitar lo ajeno con el deleite de lo propio, con el pasar precavido de lo ni siquiera prestado. Otro cruzará este todo bello y lo sabrá suyo- piensas- si es que algo completamente llega a pertenecernos.

La mirada consentidora y perdida de la persona amada, su cuerpo mientras duerme y está en el sueño, un objeto de arte, un libro. Algo tan elevado contenido en las cosas puras, que sobre nuestra mano se nos resiste y nos rechaza. Aquellas cosas, de irreprochable valor, que deseamos tomar para aumentarnos, y no a la inversa.

No nos seguirá esa casa, ni la vida por delante de esa mujer bella, si alguna noche, casi por tentar, no regresamos.